ni el mar ni las letras


“ESTABA dentro
caracola ebria de sueños.
Allí, entre el mar y el cielo
a la espera de tu encuentro.
Estaba en el suspiro
del mar sobre la arena
en la nívea espuma
buscando que me vieras”
María Cecilia Montané.

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marinera, todavía me quedan
dos geranios en la espuma
de esa, tu playa desierta

allí donde besé la locura
para escribirte el poema,
aquel de tus pies descalzos

suspiro rasante y muy lento
como el de dos guayabas maduras
como el de dos caracolas vagando en la arena

no sé cómo decirte que ya es primavera en mi tierra
y que no me alcanzan ya, ni el mar ni las letras

ni la caravana de lunas a los estores del faro
para buscar tu voz del sur, entre tan altos venablos

entonces te miro, como se mira al ocaso
en esta distancia que te oculta y te niega
que te aparta, como a una barajita entre mis alabastros
de versos

 

-216 riada-

no es ventisca


“AÚN aquí, aún en los comienzos del amor,
su mano al abandonar la cara
da una impresión de despedida”
Louise Glück.

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aprendí del silencio, la serenidad pa’ esperarla
como los ríos esperan a esas tormentas que apabullan
y que nunca en realidad, desembarcan desde la eternidad

como las vocales nuevas que huyen de los diccionarios
llega sonriendo, me dice que detesta la lentitud
de los asombros de la luna, sobre las miradas
sin síntomas de un mar

y ella no es ventisca, es poesía y sin embargo:
-¿dónde fueron a parar aquellos pájaros empapados de nostalgia
y donde el aguaverde de esas madrugadas conque sus ojos
manipulaban al alba?

-riela 198-

como una esfinge


“EN su ojos de agua suntuosa, avivados de carmín,
caen, con pesado deseo, sus párpados cansados.
La boca deletrea, en el dorso grabado de los escarabajos,
el cartucho amado e impuro de un nombre romano”.
Pierre Louÿs.

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si tú fueses una esfinge egipcia
o una esbelta figura, de esas, de la mitología griega

y si la luz de esa luna, fuera suficiente
para aceptar mi derrota ante ti,
yo empezaría a negociar
mi entrega

pero ahora,
dame motivos pa’ alcanzarte
hasta convertirme en tu gerifalte

dame la cadencia de tu amor secreto
para amarrarme como un loco a tu aliento

dame golpes bajos, dame besos largos
o breves, no importa, pero dame besos siempre
en los ojos, en la piel, en la boca…

-172 riada-

obvio


“HE zarpado
entre hiedras –ausente-
valga el impío argumento del sofisma
que postra este eco de aconteceres

No guardes de mí las cenizas…”
Anna Francisca Rodas Iglesias.

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no puedo negar el hollín que roe los pies de las paredes
tampoco el agua, tibiamente domesticada

cuando desde el costado onírico del espejo
sonríes al árbol de palabras, sin un balcón y en ropa interior

no puedo obviar la fórmula crujiente de tus ojos verdes
tampoco tu oficio de marinera, sobre sábanas inaccesibles

obviar mi temor en las subastas diarias de puntos débiles,
comas concurridos, adjetivos tóxicos, sustantivos con corbatas
y flacos signos de interrogación

mi temor a mal envolver, ese mar de astillas nuestras
en papel glasé, esperar que maduren y sean la noticia que trepa
por todo mi pueblo y en tu blanca ciudad

obvio, hasta que las máquinas solemnes de trementina
-que son mis versos- domestiquen una versión menos devaluada del coraje
y entonces, sí…

no pretendan otra cosa,
que no sea desvestir tu desnudez de letra

 

-168 riada-

memorándum de entendimiento


“MEJOR no diga nada.
Sería inútil. Ya ha pasado.
Fue una chispa, un instante. Aconteció.
Yo acontecí en ese instante.”
Chantal Maillard.

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en la proximidad de lo nuevo,
sobre la inmediata desfachatez de lo menos
me toca redactar sobre unas páginas imaginarias

-al sur del continente de tu espalda-
un memorándum de entendimiento:
aquel, el de la vigilia sobre tus pentagramas

el del pretexto -tu sabes-
para que mis versos, por fin
arrecien contra la falta de cordura

lo firmas tú,
en tu carácter de no ser ya hoy,
la inquilina en la casa descortés de mis ojos

yo lo ejecuto
con la contrariedad, de que estás ausente
pero enumerando los más hermosos ruidos

-164 riada-

frente al espejo


“AHORA es el declive del ocaso
un punto de fuga inconcebible
por donde se pierden los últimos colores”
Andrés Montenegro.

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te miré narrar estrellas
y disipar el vuelo nocturno de las galaxias,
cuando te ibas

sobreviviste al frescor del musgo
y al sobresalto ruidoso en las persianas
que te mostraban la desnudez de unos horizontes delgaditos

te vi callada
con esa sonrisa sutilmente detallada del después

y te abracé, una tarde de esas que no terminan nunca
hasta convertirme en el retrato frente al espejo y sobre la mesa
donde acomodas y conversas cada día, con tus flores amarillas

 

-152 riada-